sábado, 22 de marzo de 2014

Instinto Vital


I
nmaculada abre la puerta de su pequeño piso de dos alturas. Se trata de una vieja casa situada en el centro de la ciudad. Le costó abrir porque la cerradura se encuentra media oxidada y se requiere de un esfuerzo extra para  ser abierta o cerrada, según sea el caso; de todos modos, a base de tener que repetir esta acción constantemente, hace días que pensó en llamar aun cerrajero, pero todavía no ha cobrado el mes y anda justa de dinero –siempre termina por lograr su objetivo. Viene empapada por una lluvia tormentosa que la cogió por el camino a su salida del trabajo. No llevó paraguas pues cuando salió de casa a mediodía nada le hacía pensar en algo así; es cierto que el parte meteorológico del medio día, anunciaba una ciclo-génesis explosiva, pero también lo es que el periodista de turno, la anunció para media noche cuando habitualmente uno ya se encuentra en su casa, en realidad se adelantó a eso de las ocho, con lo cual pilló a toda la ciudad con las defensas bajas. Es una mujer joven pero con unas tablas en la vida que ya les gustaría a otras personas de su edad. No pudo ir a la universidad, la crisis, con un padre en paro y otro hermano todavía en edad escolar le obligaron a tener que buscarte es sustento muy pronto y ahora, con veinticuatro años y sin carecer de una formación en condiciones se busca la vida como puede. Vive sola y sin pareja, aunque en el pasado mantuvo relaciones lésbicas con algunas compañeras de instituto. Respecto, a los hombres, siempre le dieron algo de miedo, todos los que conoció a lo largo de su vida nunca lograron llegarle al corazón. ¿Sí se acostó con alguno?, pues sí, pero siempre se sintió más a gusto en compañía de mujeres, le parece que las relaciones entre ellas tienen una sensibilidad especial. De todos modos, en la actualidad no mantiene relaciones con nadie, ni si quiera para aliviar sus necesidades sexuales a través de citas esporádicas. No es una mujer a la moda, odia las redes sociales y si tiene móvil es más por insistencia paterna que por otra cosa.
Entra en la pequeña cocina, donde, apenas coge una mesa pegada a la pared y los muebles elementales para la elaboración de comida y el guardado de los utensilios para su elaboración. Normalmente come mirado a la pared azulejada en blanco, como si tratase de penetrarla con la mirada en busca de un futuro cargado de ilusión, pero lo único que recibe es opacidad e indeferencia. Deja su bolso de piel negro en una silla, lo tiene abierto, dejando ver lo que hay en su interior, una cartera color castaño, un pañuelo de llevar al cuello color estampado. Después va hacia la nevera de donde se agencia un cartón de zumo de piña, lo vacía sobre un vaso de cristal y lo bebe de un sorbo provocado por la ansiedad. Encima de una encimera destaca una caja de pastillas recetadas por su médico de cabecera para combatir la depresión, un mal que la viene acompañando desde que tuvo uso de razón. Estas capsulas que toma con han variado a lo largo de los años, en parte “piensa”, porque a medida que el cuerpo se acostumbra a determinada dosis, el efecto que hacen en el mismo es cada vez menor; de todos modos algo hacen, pues en las etapas de la vida, pocas por cierto, que trató de apechugar sin la ayuda farmacológica, su ánimo se desmoronó por completo. En el fondo siempre le gustó ser una mujer solitaria, amante del clasicismo y la vida sedentaria, ama la lectura y tiene una especial debilidad por la literatura Rusa, así como por los grandes clásicos de la literatura española; si ahora mismo fuésemos a su habitación, fría y solitaria como le celda de una monja de clausura, encontraríamos sobre su mesilla un ejemplar de El Buscón de Quevedo. De todos modos si lo hiciésemos en el pasado, durante un tiempo ya lejano, espiaríamos como dos cuerpos femeninos; desnudos como desiertos de arena, se daban placer en una oscuridad, solamente aliada por luces de neón. Eran otros tiempos. No eran parejas estables, sólo relaciones esporádicas por las que incluso llegó a pagar. Pero este último tipo de sexo nunca le hizo demasiada gracia, no es real, solamente  una profesional que finge sentir algo por ti. – Y es que en esta vida se finge demasiado y llega un punto en el que una es incapaz de distinguir entre fantasía y realidad.- De todos modos nunca se identificó como una lesbiana, en tal caso bisexual, pero siempre huyendo de la propaganda, celosa de su intimidad, jamás se inmiscuyó en manifestaciones por la libertad sexual, ni acudió a locales frecuentados por el colectivo Gay. Lo suyo siempre fue muy personal, en ocasiones incluso con amigas, que después de muchas salidas en pandilla, los fines de semanas iba a pasar la noche a casa de alguna amiga, se suponía que dormían separadas, en camas gemelas, pero en alguna que otra ocasión, de la confianza surgió el deseo y las ganas de experimentar con lo prohibido. O tiempo años más tarde, ya adulta, en los descansos de media mañana  durante conversaciones a modo de desconexión con las compañeras, en los que aliviaban el estrés laboral, momentos en los que se habla de cualquier tema banal, con aquellas amigas que tenía más confianza, se tiene confesado abiertamente. Y aunque en la mayor  parte de las ocasiones; el rechazo era la respuesta más habitual, en alguna que otra también tiene surgido la complicidad, muchas veces más por curiosidad que por convicción, de ahí que las relaciones durasen poco. Se ofrecían a salir alguna noche, la cual solía terminar algunas veces, compartiendo cama a altas horas de la madrugada, tras la suficiente dosis de alcohol, tabaco y romanticismo. Pero eso, como dije antes, eran otros tiempos.

Inmaculada sale de la cocina y sigue el pasillo hacia el baño, en medio tres escalones dividen el corredor en dos alturas. La casa se encuentra mal cuidada, debido a su falta de tiempo libre, el suelo desnudo de alfombras es de mármol negro, por las paredes cuelgan cuadros de pintores muertos de hambre, así como alguna figura decorativa adquirida a bajo precio en un bazar chino. Camina por el pasillo mientras nota como sus piernas le pesan más de lo debido, incluso tras un duro día como el que ha tenido. Siente dolor en el cuello y en la espalda y los brazos le pesan como losas de cemento. Necesita relajarse, un baño de espuma, unos minutos de relax. Desde la puerta del aseo, escucha el sonido aterrador de la tormenta. Cuando se acerca a la habitación para coger su camisón rosado y sus bragas limpias, salta el diferencial dejándola a oscuras:
     ¡Mierda!
Da media vuelta y se acerca a la puerta de la entrada, pues a su lado izquierdo se encuentra el cuadro eléctrico, lo tantea en la oscuridad buscando los interruptores bajos; ha sido el diferencial “Clic”, vuelve a tener luz. Pero es conciente de que se puede volver a marchar la luz, por lo que, en un estante de la cocina coge una vela a medio usar y un mechero para encenderla en caso e necesidad. Los truenos siguen y la lluvia suena como cuchillos que se clavan en el suelo. Cada gruesa gota es como un pene que entra a la fuerza, invadiendo todos los recodos de la ciudad. Pone la vela encima del lavabo, encendida por si las moscas. A continuación enciende un calefactor, pues la temperatura es baja y el frío le cala hasta las axilas. Luego se desnuda. Poco a poco, primero quita sus zapatos negros de tacón bajo, los pantalones vaqueros roídos por el uso, a la vez que muestra unas piernas gruesas, mal cuidadas y con pequeños signos celulíticos. Se deshace de su jersey de punto negro, dejando su torso desnudo, no lleva sujetador, nunca le gustaron, cada vez que se pone uno siente como si se estuviese censurando a sí misma, como si estuviese avergonzándose su cuerpo de alguna manera. No, prefiere notar como sus pezones acarician la lana, o las demás prendas que la tapen en un momento dado. Por último desliza  sus bragas hasta dejarlas amontonadas sobre el suelo, todo va a la lavadora, todo se encuentra empapado por el esfuerzo de toda la jornada. Entonces, un escalofrío recorre su columna desde el cuello hasta alcanzar las yemas de sus pies descalzos en contacto con el suelo. Siempre fue una mujer muy pudorosa, incluso desde niña, además de acomplejada, sí, porque nunca estuvo contenta con su cuerpo y tener que estar desnuda delante de extraños, aunque fuesen de su mismo sexo, es algo que no puede soportar. Es por eso en parte por lo que nunca acudió a gimnasios, piscinas públicas y demás. Por otro lado tampoco usa bikini, los bañadores suelen ser poco escotados y además procura ir a playas poco concurridas. Es una mujer rara, lo reconoce, pero no lo puede evitar.

Abre el grifo de la bañera dejando correr el agua hasta alcanzar la temperatura tibia que a ella le gusta. Pone el tapón negro sobre el desagüe, tiene la cadena rota, de manera que colocarlo y sacarlo es algo complicado, pero como en el caso de la cerradura, todo es cuestión de maña. El agua empieza a subir, transparente y humeante, la acaricia con un dedo, quema, gira un poco el grifo hacia el lado color azul que significa  frío, hasta dar con el punto exacto. Llena el agua de sales de colores y jabón, logrando que la superficie se llene de espuma, todo parece perfecto, es el momento de disfrutar de ese relajante baño que tanto está deseando. Se mete dentro, una pierna, la otra, luego apoyándose en ambas manos empieza a agacharse hasta que nota como sus nalgas topan con la superficie blanca y dura del fondo de la bañera. El agua caldea su sangre que de pronto parece sentirla circular con más vida, metia en el agua dejando solamente entre ver la cabeza y parte del pezón derecho que sobresale como una pequeña claraboya en el mar. Que bien se siente en estos momentos, con la mano izquierda alcanza la pastilla de jabón negra, así como la esponja amarilla que reposa sobre un pequeño estante metálico. Frota suavemente contra la esponja la pieza jabonosa, como si quisiese que se acariciasen de manera íntima, a continuación la pastilla bañada en espuma se desliza de su mano cayendo dentro del agua. Mete la mano derecha en busca del jabón, pero parece haberse perdido entre tanta espuma. De todos modos, por el camino ha rozado su sexo, casi sin querer, pero logrando que este se caliente, le gusta tocarse y acariciarse con suavidad; entonces cae en la cuenta de las ganas que tenía de darse placer, de alcanzar el éxtasis para a continuación, caer en un estado de relax y bien estar. Cierra los ojos y se pone a imaginar como sería tener a otra mujer en ese momento que le aumentase las dosis de placer, joven e inexperta, una aprendiza dispuesta a iniciarse en el arte de amar lésbico. Un trueno aterrador la vuelve a la realidad, pero al abrir los ojos se percata de que se ha vuelto a ir la luz, una vez más ha saltado el general. La vela también está apagada y sin una ventana por la que penetre la luz, la oscuridad es la única dueña de su destino.


Encerrada en la oscuridad, sumergida en una bañera llena de  espuma Inmaculada tiene que salir de la bañera, sus ojos tratan de adaptarse a su nueva situación, con unas pupilas que tratan de encontrar rastro de luz donde solamente hay tiniebla. Lo mejor que se le ocurre, agarrarse al borde de la bañera y al grifo de la ducha para poder ponerse en pie. Poco a poco se va levantando al tiempo que nota como el frió del ambiente contrasta totalmente con la temperatura elevada del agua. Erguida tal como vino al mundo, eleva la primera pierna para salir, cuando su pie izquierdo encuentra por sorpresa la pastilla de jabón, que acaba de pisar, haciéndola resbalar y cayendo de lado. El golpe es fuerte, ha impactado con la cadera izquierda contra el borde de la bañera y la parte media de la espalda ha dado contra el grifo de la misma. Ambas partes de su cuerpo le duelen horrores, la cadera no es  capaz de moverla y sus ojos se empiezan a llenar de lágrimas surgidas por el dolor.  Su mente se bloquea con el sufrimiento, es incapaz  de pensar con lucidez; trata elevarse apoyándose en los bracos, pero el dolor es tan grande que termina desfalleciendo.

Han pasado unos veinte minutos cuando la mujer vuelve en sí, nada ha cambiado, si descontamos  que cada vez siente más frío, el agua también ha enfriado, intenta incorporar la espalda, apoyándola en la parte da atrás  de la bañera, luego lanza el tronco hacia delante, intentando alcanzar el tapón. Le cuesta dos intentos y mucho sufrimiento, pero termina por alcanzar la cadenita metálica y tirar de ella, por lo que ahora sólo tiene que esperar a que el agua desagüe poco a poco.
Con la bañera vacía, le resulta más sencillo palpar toda la superficie, para dar con la pastilla de jabón, que en estos momentos se encuentra a su espalada, acariciando su nalga derecha, echa la mano hacia atrás para cogerla. Luego la coloca en su sitio, todo a oscuras, haciendo uso de la intuición y la memoria. Lo consigue. Ahora toca lo más complicado, salir del cubículo en el que se encuentra atrapada,  vuelve a intentar elevarse apoyando los brazos en los bordes de la bañera, pero no tiene fuerza suficiente para soportar sobre los mismos, su propio peso. La desesperación, el dolor   y el frío consiguen terminar con sus últimas defensas emocionales, al tiempo que empieza a gemir a lágrima viva.
      ¡Ayuda…!  —
         Vaya idea más absurda, vive sola, pero si los vecinos la escuchasen, si alguien pudiese escuchar sus gritos… Pero no le va a caer esa breva. No, no podrá contar con ayuda externa para poder solventar su situación, si no quiere sucumbir antes de que alguien la añore, quizá mañana en el trabajo, va a tener que valerse por sí sola. En esos momentos, no sabe como, quizá porque las circunstancias vienen a ello, recuerda una noticia que leyó hace días en el periódico: “Un hombre se 70 años, viudo y que vivía sólo, había parecido muerto. “  Las autoridades lo encontraron cuando llevaba una semana muerto, debido al mal olor que desprendía su vivienda y a que algunos vecinos, que solía hablar con él a menudo se mostraban preocupados. A pesar de su fama de hombre solitario, no era normal que estuviese desaparecido sin dar señales de vida durante tanto tiempo. Por ello un vecino había optado por llamar a la policía. ¿Le pasará a ella algo similar?” — No piensa permitirlo, debe sobrevivir. De manera que como si se tratase del mayor acto de fe que tenga que hacer en su vida, decide apoyar su estómago en el borde de la  bañera, colocar las manos apoyadas en el suelo, donde permanece tirada la ropa. Por un momento su culo permanece en pompa, hasta que poco a  poco se desliza al suelo, dejándose caer. Al tocar su cadera dañada contra el suelo, lanza un grito de dolor que debería haberse oído en Los Campos Elíseos. Pero a su alrededor todo permanece en silencio. No puede más, el esfuerzo que ha realizado ha sido enorme y una vez más deja derramar sus lágrimas como gotas de lluvia, deja escapar sus gritos de angustia, como tormentas en la oscuridad. Y por cierto, en ella sigue, no se ve prácticamente nada ¿Quién le habrá mandado cerrar la puerta, si total vive sola?, la inercia supone, no, la sensación de frío, sí ahora acuerda el calefactor, la humedad que traía consigo calándole hasta el más recóndito de los huesos. Trata de sujetarse al lavabo para intentar ponerse en pie, pero nada, es imposible, entonces opta por intentar ponerse a cuatro patas, tendrá que gatear usando solamente la pierna buena, pero no puede, entonces opta por arrastrarse por el suelo hasta llegar a la puerta, levanta la mano derecha para bajar el manubrio, vale, lo consigue; no sabe cómo pero la puerta está entreabierta. Otra vez desde el suelo  tira de la misma por la parte estrecha, que antes besaba el marco. La abre y trata de proseguir su recorrido hasta la entrada.  

No sabe por qué, pero en estos momentos le viene a la mente la imagen de un Jesús con la cruz a cuestas; en su casa no hay imágenes, y su fe siempre se mantuvo en un  ir y venir de dudas. Además su madre pertenece a los testigos de Jehová, según los cuales no se pueden representar imágenes de Dios, ángeles y demás.  De todos modos, a lo que si fue acostumbrada, más bien obligada fue a leer La Biblia. A ella siempre le impresionó de una manera especial, La pasión de Jesús, su camino al calvario con la cruz a cuestas, la flagelación previa y todos los demás tormentos que en nombre de Dios, sufrió para que todos los demás humanos fuesen perdonados por sus pecados. Ahora es ella la que sigue su propio calvario, mientras se va arrastrando por el suelo hasta la entrada, donde tiene el teléfono. Le duele, de una forma que no puede explicar con palabra, el recorrido hacia la entrada donde tiene el teléfono, que normalmente recorre en medio minuto, ahora se  hace interminable. La oscuridad es traicionera y por el camino hay una pequeña alfombra, la tiene a lo largo del pasillo, para poder caminar descalza sin que se le enfríen los pies. Pero ahora esa textura se ha convertido en una enemiga más; ello se debe a que al arrastrase se le va enrollando, se le forman pliegues que dificultan su avance. De repente se siente como si fuese por un río a contracorriente, quiere avanzar, pero no puede, se echa a un lado y trata de ir apartando la alfombra hacia el otro, poco a poco sigue su camino, hasta la entrada donde sobre un aparador, descansa un teléfono acompañado por un pequeño jarrón lleno de flores secas. Llega a la pared y tira del teléfono que cae sobre su vientre desnudo haciendo de un improvisado tapa-vergüenzas. Con el teléfono sobre ella y el dolor corriendo por todo su cuerpo, una anatomía atacada también por el frío y la desesperación, consigue marcar el 112.

— ¿Emergencias, dígame?

Al otro lado de la línea la voz joven de un hombre, responde desde una centralita, que sabe Dios donde se puede encontrar. Es posible que en una zona cercana en de la ciudad, o que le esté contestando incluso desde una provincia diferente.

— ¿Me escucha?— Inmaculada llora más por la emoción de haber logrado su objetivo que por las lesiones que pueda tener en su cuerpo entumecido. — Necesito ayuda. —

— ¿Qué clase de ayuda necesita?

 Una ambulancia, mi dirección es…

Pero a Inmaculada ya no le quedan fuerzas para más diálogo, suelta el teléfono y cae en un profundo letargo. Parece que al fin va a lograr la ayuda necesaria. Que su empeño en no rendirse ante la adversidad termina siempre, o casi siempre, por dar sus frutos. La odisea parece haber terminado, aunque es muy probable que la experiencia del día de hoy, no se borre de su memoria, por muchos años que dure su existencia. De pronto suena un trueno.
J. Sergio González Rodríguez.

20 de marzo de 2014. 

DON QUIJANO O LA SACRA LOCURA

Hablas acicaladas entre bellos anhelos, mutan en nanas arias en mis tímpanos hinchiendo mi alma de beatos deseos, emborrachándome...