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TRASLUZ



RISCOS DE AZUFRE

En un trasluz de espadas alunadas,
 coincidí con mi ego indomable,
sus ojos asomaron sobre mis pupilas,
venerando robarme la virtud amable.

Sentí que mi dermis se iba ondulando,
Lucifer anhelada mi cruda manipulación,
me vi penar por los riscos de azufre,
de no profesar su imperial constitución,

Y yo, pensando en mi Dios, Dije;
¡No, eso sería deserción!,
Pues yo de mi Jesús soy devoto,

¡Deseo ser alumno de su amor!,
No dejaré caer en saco descosido,
la Obra que en mí, hizo el Señor.

Soy consciente de mis zangoloteos,
de los yerros que hay en el camino,
pero si tras un ramalazo, me levanto,
mi fortaleza se crecerá, ante el destino.  

No tengo pavor a la herida,
de aventajarla, caminaré más holgado,
no temo a la calumnia,
pue ella, rebota en mi dorso.

Solamente temo caer en la calamidad,
siguiendo el evangelio postizo,
traicionando al Dios de la santa caridad,
pues yo de usted, Satanás, nada espero.

José Sergio González Rodríguez

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LOS DIOSES AÑEJOS DE AYER

Se me han despintado los tonos de la firmeza entre ideales oxidados por el paso del tiempo, fui conquistado por una patria sin medianera, que enamoró mi alma deseosa de sentimiento.
Perdí entre las moradas de escombros rancios, los hilos que ataban mi esperanza a lo eterno, extravié mi fervor por los dioses añejos de ayer que de sumisión emperifollaron a mis ancestros.
Puse rumbo por los océanos de la incertidumbre, apremiando esa estela que nos heredan los sabios, descifré entre líneas la veracidad de sus parábolas, trocando toda mi ignorancia en un saber caudaloso.
Seguí los vientos que navegaban hacia el frío blanco, para ver si entre las profundidades de su rocoso hielo, hallaba un núcleo candente que alimentase la razón,
y dejándome cautivar por su maná, matase mi llanto.
José Sergio González Rodríguez.

DECREPITUD

La decrepitud viste de coraza
y cabalga hacia mi cada día
ansiando clavarme su lanza
hasta ahogarme en mi víspera.

La vida recela de mi dicha, mientras velo por mi amada, nuestra unión fue bendecida, sin llevar una carga pesada.
Yo la increpo adornando mi ira, mi mano la niega en bocanada, ¡Es que no acepta ser derrotada! Pues ese el final de toda victoria.
Por seguro en esta vida le sugiero no dar nada.

SE LLAMA VULVA

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