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Me encuentro viviendo la Semana Santa más triste en años. Pues a
la celebración anual de este ritual cristiano, yo debo sumar la pérdida de una
persona que marcó un antes y un después en mi vida. Es por ello que estos días,
mientras me cruzo con pasos religiosos y demás oficios, no puedo dejar de
pensar en el fallecimiento de mi buen amigo, Ramón Antonio Pérez Poza.
Mi amigo, era un ser único. Como todos los
somos en alguna manera. Fue una persona que desde que comencé a tener una
relación con él, siempre me produjo una gran inspiración, era alguien
entrañable, cordial, un ser humano de una valía pasmosa, que sin duda alguna
dejo una profunda pisada en mi biografía. Alguien, con quien perpetuamente me
encontraré de alguna forma, en deuda.
Ramón, no fue solo un amigo. Fue también mi
primer maestro y mentor como ajedrecista. Alguien que no dudó en poner todo lo
que estaba de su mano, su saber, tiempo y dedicación, para que una persona con
Parálisis Cerebral, como es mi caso, se integrase de manera plena en el mundo
del ajedrez.
Era un gran amante de la paz, formal y con
un gran sentido del humor, pero también, alguien libre, en el más amplio
sentido de la palabra. Debo reconocer que, al principio me costaba seguirle,
algunas de sus ideas me parecían algo descabelladas, pero con el pasar de los
años, mi experiencia de vida le ha ido dando la razón. Al menos, en la mayor
parte de las cosas. ¿Cómo hubiesen sido los últimos treinta años de mi vida si
nuestros caminos no se hubiesen cruzado?, no lo sé. Pero tengo claro que muy
diferente. El ajedrez, desde que entré a formar parte del Club Kárpov, siempre
fue a más, ha sido como una brújula que siempre me marcó el camino a seguir.
Eso sí… Siempre con Ramón como intermediario, siguiendo sus consejos,
participando en aquellas competiciones que él me aconsejaba. Me enseñó mucho
sobre ajedrez, pero también me enseñó el camino y muchas herramientas que me
hicieron evolucionar como persona. Fue también en este club, donde comencé a
conocer a otros jugadores, a fomentar el compañerismo y a sentirme parte de una
nueva familia, la del ajedrez. Comencé a jugar ligas, torneos, zonales,
internacionales… al principio tenía mucho miedo, temía el rechazo social y el
fracaso como jugador, pero con la mano de Ramón siempre sobre mí, fui venciendo
todos estos obstáculos y aun hoy, es el día que sigo sus consejos, no solo en
el tablero, sino también, fuera de él.
Pero
el apoyo de Ramón, su sombra sobre mi figura, no se limitó al mundo de los 64
escaques, sino que fue crucial en otros muchos aspectos de mi desarrollo tanto
humano como profesional. Ya por aquellos tiempos, que ahora parecen tan lejanos,
mi vida, estaba llena de sueños, anhelos que deseaban salir a relucir y uno de
ellos, quizá el más importante (por aquel entonces, al menos), era el de
convertirme en escritor. Y ahí, en los comienzos de esta nueva aventura, él,
también fue de gran apoyo, aunque fuese indirectamente. Pues fue este gran
señor, quien un día me hablo de uno de sus hermanos, Fernando, el cual es poeta
y en aquel momento tenía la editorial EL TALLLER DEL POETA, me dijo donde
quedaba, me aconsejó que me acercase y hablase con él. Me dije a mí mismo que
no perdía nada con ello y así lo hice, dando con otra gran persona que me fue
mi llave para que pudiese publicar mi primer libro, el poemario LA VIDA ES
BELLA (2006). Aunque supongo que lo que comienza aquí es una nueva aventura,
que me merece un capítulo aparte y en algún momento tendré que hacerle un
artículo a él. Me gustaría terminar esta nota mandando un fuerte abrazo a toda
su familia, a la que siento como parte de mí. Gracias Ramón, mientras viva te
llevaré en el corazón.
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